Dedicado a Aurelio Asiain.

Hace poco tiempo, mi colega y vecino de cubículo, el Dr. Thomas Calvo, me dió el texto de una conferencia dictada en 2002 por el Embajador Eikichi Hayashiya y que fue publicada en la revista México y la cuenca del Pacífico (Volumen 6, número 18, enero – abril de 2003). Eikichi Hayashiya es ampliamente conocido por los amantes de la literatura japonesa clásica pues, junto con Octavio Paz, fue el traductor de la primera edición en español del libro Sendas de Oku del poeta japonés Matsuo Bashō (松尾 芭蕉).

El texto de Hayashiya, “Los japoneses que se quedaron en México en el siglo XVII. Acerca de un samurai en Guadalajara” (que se puede leer en PDF), es un apasionante recorrido por los derroteros de la indagación histórica. Paso a paso, Hayashiya cuenta la manera en la que fue reconstruyendo la identidad de Fukuchi Soemon, el personaje central del grupo de japoneses que se asentó en la ciudad de Guadalajara entre 1624 y 1642 y que en la Nueva España optó por el nombre de Luis de Encío y quien, según Hayashiya, probablemente era miembro de una familia samurai.

La presencia del grupo de japoneses en la ciudad de Guadalajara durante el siglo XVII, capital entonces de la Nueva Galicia y sede de una audiencia, ya había sido consignada por Thomas Calvo en el artículo “Japoneses en Guadalajara: ‘blancos de honor’ en el seiscientos mexicano”, aparecido en la Revista de Indias (Volumen XLIII, número 172, 1983, páginas 531-547), en el cual da cuenta de las actividades comerciales y sociales de ese grupo de nipones que llegó a la Nueva España con Sebastián Vizcaíno, encomendero de los Pueblos de Ávalos, explorador de la costa del Pacífico y embajador, en 1611, en Japón. Sin embargo, no se había podido determinar el origen preciso de los miembros del grupo.

En realidad, tampoco la adjudicación del origen de Fukuchi Soemon -alias Luis de Encío-, que hace Hayashida es preciso ni está completamente probado; pero la forma en la que fue juntando las piezas de un rompecabezas lleno de inferencias es realmente hermosa. Hayashida comienza su periplo con la sorpresa que le deparó la lectura del texto de Thomas Calvo mientras cumplía su servicio como embajador de Japón en España. Hayashiya ya había venido coleccionando datos de los japoneses que habían visitado la Nueva España, sobre todo a partir de fragmentos del Diario de Domingo Chimalpáhin que le había facilitado Miguel León Portilla (la traducción completa del Diario, hecha por Rafael Tena, se puede disfrutar desde hace siete años, editada por CONACULTA), fragmentos donde el escritor hizo referencia a las misiones de Tanaka y Hasekura (retratado en la pintura), que pasaron por la Nueva España.

El estudio de Calvo sobre documentos notariales fue lo que azuzó la curiosidad de Hayashiya. En uno de los documentos, una carta de compañía o contrato firmado entre comerciantes en mayo de 1634, Luis de Encío, “de nación Japón”, firmó no sólo con los caracteres occidentales sino que estampó al lado en caracteres hiragana la palabra “ruisudeincio” y, al lado de estos, los kanji con el apellido Fukuchi. Este dato, y algunos indicios que conviene leer del propio texto de Hayashiya, fueron el cabo de donde empezó a jalar para terminar su búsqueda en la villa de Kahoku, al margen del río Kitagami, zona donde se conservan fortalezas militares del siglo XVI e historias de familias de samurai caídas en desgracia, como a la que posiblemente pertenecía Luis de Encío.


  1. Hombre, gracias por la dedicatoria, no lo había visto. Añado que Hayashiya acaba de traducir al japonés todos los fragmentos concernientes a Japón en el Diario de Chimalpahin traducido por Tena, para una Historia de Sendai que prepara el gobierno de la prefectura.

  2. Ese diario es una maravilla. Escrito en náhuatl, consigna cosas que dejan entrever que en aquella época había una concepción integral del mundo, mucho antes de la “aldea global”. Aunque, en este sentido, no estoy de acuerdo con la idea de Serge Gruzinsky de una “globalización en el siglo XVI”, porque globalización tiene un sentido muy acotado (en términos de economía de mercado), y otro demasiado romántico en el cual cada quien tendría la libertad de conectarse con el resto del mundo conocido. Otra cosa es la tesis de Sir John Elliot, que se pregunta acerca de la eficacia del Imperio español, una eficacia de gobierno que implicaba la necesidad de conocer lo que no has visto (o lo que no ha visto el rey, personalmente o a travésde sus consejos). En ese sentido el Diario es una maravilla, porque asume una idea que hemos perdido en el siglo XXI: la de “representación”, es decir, “hacer tangible con la escritura lo que no está frente a los ojos”. Esa era la forma en la que los súbditos de la corona española contribuían (por una obligación que nacía de la obligación de contentar al soberano), a ampliar el conocimiento sobre las cosas.
    Bonita cuestión.

  3. Hola víctor, te comento que por los años 80, Editorial Diana publicó “El Samurai”, novela de Shusaku Endo, sobre la historia de un grupo de samurais que vienen a vivir a México durante la Colonia,saludos.

  4. Beatriz Barrera

    Esto me recuerda la misión diplomática Keicho (1613-1620) con Tsunenaga Hasekura, que se quedó a vivir en Coria del Río (un pueblo de la provincia de Sevilla). Dicen que el apellido Japón, frecuente en la zona, lo llevan sus descendientes.




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