Desde que Justo Zaragoza, médico e historiador español decimonónico, comenzó a hurgar en la vida de Juan Suárez de Peralta,1 a este miembro de la primera generación de criollos nacidos en la Nueva España del siglo XVI le han caído encima bastantes improperios. Zaragoza fue el primer editor del Tratado del descubrimiento de las Indias y su Conquista, un manuscrito que terminó en 1589 Suárez de Peralta cuando ya había dejado México y vivía en la península, y a don Justo lo escandalizó el que Suárez de Peralta desconociera a sus parientes más cercanos (a su padre y a su tía) en su historia. Suárez de Peralta ha pasado desde entonces por las plumas de Luis González Obregón, Agustín Yáñez, Federico Gómez de Orozco o Carlos Fuentes.
Quien lo vituperó hasta el cansancio fue Fernando Benitez, a todo lo largo de Los primeros mexicanos. Su personalidad, así como la de Dorantes de Carranza (aquel burócrata criollo, hijo de Andrés Dorantes, el compañero de Cabeza de Vaca en su alucinante naufragio), ha servido casi siempre para subrayar el carácter contradictorio del criollo mexicano: mezcla irreconciliable de señor feudal y pícaro (Benítez), fanfarrones que alardeaban las glorias de sus padres para obtener puestos y canonjías (de la Torre), y cientos de epítetos más.
Lo cierto es que Suárez de Peralta vivía de las glorias pasadas, y uno de los vehículos para vivirlas era la destreza en el manejo del caballo, propia de los ejercicios militares de los conquistadores, pero entonces vuelta ya un espectáculo de prestigio social. Algo parecido (guardando las distancias) a lo que pasó con los hijos de los grandes propietarios agroganaderos del porfiriato que, después de la revolución, hicieron de la chacherría el deporte nacional.
Suárez de Peralta dejó la Nueva España en 1579, abandonando los negocios que tenía con su hermano mayor, entre ellos, la cría de caballos finos. Una de las primeras cosas que hizo entonces fue apersonarse en San Lúcar de Barrameda, en casa de su pariente el duque de Medina Sidonia. Casi enseguida, el criollo se puso a escribir y dio a la prensa su Tractado de la caballería de la gineta y brida.., uno de los primeros manuales modernos para el adiestramiento de caballos y su manejo, impreso en Sevilla en 1580 y dedicado a su pariente protector. Por cierto, la primera redición adaptada al español del siglo XX la hizo un famoso biólogo michoacano, amante e historiador de la charrería, José Álvarez del Villar. Suárez escribió también un Tratado de Alveiteria…, no publicado hasta 1953, que es un manual para mantener la salud de los caballos. Finalmente compuso su Tratado del descubrimiento de las Indias…, un título equívoco como pocos pues no es otra cosa que un argumento a favor de los derechos que tenían los criollos a la perpetuidad de las encomiendas, así como también a favor de la esclavitud de los indios. El núcleo central del argumento es el relato de la conspiración de Martín Cortés.
(continuará…)
________________________________________
1. Justo Zaragoza, “Introducción” a Noticias históricas de la Nueva España de Juan Suárez de Peralta, Madrid, 1878
Hace unos años, cuando estaba recabando documentación en el Archivo General de Indias, dí con un documento que me dejó asombrado. Se trataba de una respuesta dada por el Consejo de Indias al rey Carlos II acerca de un memorial que había recibido el monarca de parte de Diego de Aguilar, un indio mexicano que suplicaba por auxilio en el Madrid de 1678. Los memoriales eran escritos con los que se acompañaban peticiones a las autoridades y su nombre deriva de que hacían memoria o reseña de actos o circunstancias que justificaban la petición.
Este Diego de Aguilar, “Yndio mexicano”, ¿sería posiblemente natural de alguna de las parcialidades de la ciudad de México, Santiago (Tlatelolco) o San Juan (Tenochtitlan)? ¿O sería un hablante de náhuatl de alguna otra región de la Nueva España central? En aquel tiempo, la utilización del topónimo México solía referirse a la ciudad o al distrito de la Audiencia, a veces conocido como Reino de México. Por su parte, mexicano era un adjetivo gentilicio reducido a los naturales de la ciudad de México. Una parte del resto de lo que ahora conocemos como México era llamado Nueva España, y no existía un gentilicio abarcador para todos sus habitantes en el siglo XVII (la primera referencia lexicográfica como gentilicio que abarcase al conjunto de los habitantes del reino de México data de un diccionario de la RAE de 1803). Mas por mexicano se entendía también, desde el siglo XVI, al hablante de la lengua náhuatl, o lengua mexicana.
¿Cómo llegó Aguilar a la península? No he encontrado respuesta aún. Pero la historia que deja entrever la contestación de los consejeros al rey es muy interesante.
Resulta que, por una u otra razón, Diego de Aguilar se encontraba de servicio en una embarcación de la armada invencible, alguna de las galeras bajo el mando del Duque de Florencia, Fernando II de Medici, que cruzaba incesantemente el Mediterráneo. Algún mal día de 1675, la embarcación se topó con galeras del Gran Turco y hubo una refriega. La mala suerte acompañaba ese día a Diego de Aguilar pues fue herido y perdió una pierna. Después de su recuperación y hallándose con mucha necesidad, se trasladó a Madrid para suplicar en la corte que se le auxiliara con una limosna para poder regresar a la Nueva España. Uno de los varios memoriales que escribió llegó a manos del rey y éste ordenó a los miembros del Consejo de Indias que se informasen y socorrieran al indio mexicano.
Los consejeros encargados de ver el caso, Don Tomás Valdés, el conde de Medellín y los marqueses de Santillán y Mejorada, le informaron a Carlos II que ya tenían conocimiento de la situación de Diego de Aguilar. De hecho, él mismo había logrado presentar otro memorial anteriormente al consejo a raíz del cual habían resuelto entregarle por limosna 30 reales de vellón, que era la cantidad de la que podía disponer el consejo sin necesidad de hacer consulta o rendir cuentas. Los consejeros informaron también al rey que por el momento resultaba complicado colocar a Diego de Aguilar en alguna embarcación rumbo a la Nueva España, por lo cual consideraban que la limosna de los 30 reales de vellón era más que suficiente. Cabe decir que 2 y medio reales de vellón equivaldrían entonces a 1 real de plata, con lo cual el consejo habría erogado 1 y medio pesos fuertes de plata.
El destino de Diego de Aguilar se pierde entre las líneas y las orillas de los documentos. No sabemos qué pasó con él después de esta información del consejo del día 3 de octubre de 1678.
El documento se encuentra en el legajo 7 del ramo Audiencia de México del Archivo General de Indias.
Dedicado a Aurelio Asiain.
Hace poco tiempo, mi colega y vecino de cubículo, el Dr. Thomas Calvo, me dió el texto de una conferencia dictada en 2002 por el Embajador Eikichi Hayashiya y que fue publicada en la revista México y la cuenca del Pacífico (Volumen 6, número 18, enero – abril de 2003). Eikichi Hayashiya es ampliamente conocido por los amantes de la literatura japonesa clásica pues, junto con Octavio Paz, fue el traductor de la primera edición en español del libro Sendas de Oku del poeta japonés Matsuo Bashō (松尾 芭蕉).
El texto de Hayashiya, “Los japoneses que se quedaron en México en el siglo XVII. Acerca de un samurai en Guadalajara” (que se puede leer en PDF), es un apasionante recorrido por los derroteros de la indagación histórica. Paso a paso, Hayashiya cuenta la manera en la que fue reconstruyendo la identidad de Fukuchi Soemon, el personaje central del grupo de japoneses que se asentó en la ciudad de Guadalajara entre 1624 y 1642 y que en la Nueva España optó por el nombre de Luis de Encío y quien, según Hayashiya, probablemente era miembro de una familia samurai.
La presencia del grupo de japoneses en la ciudad de Guadalajara durante el siglo XVII, capital entonces de la Nueva Galicia y sede de una audiencia, ya había sido consignada por Thomas Calvo en el artículo “Japoneses en Guadalajara: ‘blancos de honor’ en el seiscientos mexicano”, aparecido en la Revista de Indias (Volumen XLIII, número 172, 1983, páginas 531-547), en el cual da cuenta de las actividades comerciales y sociales de ese grupo de nipones que llegó a la Nueva España con Sebastián Vizcaíno, encomendero de los Pueblos de Ávalos, explorador de la costa del Pacífico y embajador, en 1611, en Japón. Sin embargo, no se había podido determinar el origen preciso de los miembros del grupo.
En realidad, tampoco la adjudicación del origen de Fukuchi Soemon -alias Luis de Encío-, que hace Hayashida es preciso ni está completamente probado; pero la forma en la que fue juntando las piezas de un rompecabezas lleno de inferencias es realmente hermosa. Hayashida comienza su periplo con la sorpresa que le deparó la lectura del texto de Thomas Calvo mientras cumplía su servicio como embajador de Japón en España. Hayashiya ya había venido coleccionando datos de los japoneses que habían visitado la Nueva España, sobre todo a partir de fragmentos del Diario de Domingo Chimalpáhin que le había facilitado Miguel León Portilla (la traducción completa del Diario, hecha por Rafael Tena, se puede disfrutar desde hace siete años, editada por CONACULTA), fragmentos donde el escritor hizo referencia a las misiones de Tanaka y Hasekura (retratado en la pintura), que pasaron por la Nueva España.
El estudio de Calvo sobre documentos notariales fue lo que azuzó la curiosidad de Hayashiya. En uno de los documentos, una carta de compañía o contrato firmado entre comerciantes en mayo de 1634, Luis de Encío, “de nación Japón”, firmó no sólo con los caracteres occidentales sino que estampó al lado en caracteres hiragana la palabra “ruisudeincio” y, al lado de estos, los kanji con el apellido Fukuchi. Este dato, y algunos indicios que conviene leer del propio texto de Hayashiya, fueron el cabo de donde empezó a jalar para terminar su búsqueda en la villa de Kahoku, al margen del río Kitagami, zona donde se conservan fortalezas militares del siglo XVI e historias de familias de samurai caídas en desgracia, como a la que posiblemente pertenecía Luis de Encío.


